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La profesion del Maestro
Noviembre 2009

Francisco Cajiao

Miembro del Gran Jurado, Premio Compartir al Maestro


Cuando alguien tiene la oportunidad de viajar mucho por un país como Colombia y ver otras realidades a través de la mirada de todos esos hombres y mujeres que han hecho su vida en las aulas de clase, es muy claro que tiene un privilegio especial.


Durante dos años he venido recorriendo municipios grandes y pequeños, donde se agrupan maestros ansiosos por hallar nuevas alternativas para su trabajo. Cada uno tiene su propia historia y una manera particular de abordar su labor. En esto, justamente, consiste el ser profesional.

Por esto es imposible tener fórmulas mágicas que permitan resolver todos los problemas educativos del país, así haya todavía quienes piensan que es posible diseñar modelos rígidos que sirvan en cualquier lugar.

El profesional es, antes que nada, una persona capaz de resolver problemas usando su conocimiento, sentido común e intuición. También es la persona que sobre la base de su preparación intelectual, madurez emocional y compromiso político, problematiza la realidad con el fin de comprenderla y reinventar los caminos para transformarla.

Personas que responden a estas características hay por miles en todo el país. Cada semana me encuentro con rectores de colegios ubicados en regiones remotas, o en zonas difíciles de las grandes ciudades, que me cuentan cómo enfrentan su día a día dando forma a sus instituciones de maneras originales, explorando formas audaces de organización, buscando los medios para sobreponerse a la violencia que a veces llega de la mano de sus estudiantes.

Por todos lados aparecen docentes que logran milagros con niños y niñas a quienes es necesario ofrecer dosis extraordinarias de afecto y formas imprevisibles de aproximación al conocimiento porque la vida los privó de la vista, del oído o de alguna otra facultad física o intelectual. Cuentan con una alegría inmensa cuántos niños sordos se han graduado de bachilleres bajo su tutela, o cuántos han logrado ir a la universidad a pesar de sus limitaciones.

Esto para no hablar de las mil maneras de enseñar la matemática, la física o la biología; las aventuras de originalidad inimaginable para que niños y niñas de las zonas más remotas de este país de selvas y montañas se enamoren de la lectura y de sus propios textos e historias. Por todos los resquicios municipales afloran proyectos de investigación científica, aproximaciones a la historia, proyectos agrícolas, inventos tecnológicos. Por ahí se puede uno tropezar con un telescopio que mantiene a los niños rastreando estrellas o con talleres diminutos donde se construyen robots.

Cientos, miles de maestros viven su vida así, como es propio de un profesional, cuyo oficio es cada día resolver problemas, así ellos parezcan insolubles. ¿Qué hacer con el niño que llega desplazado por la violencia, que no se quiere comunicar con nadie y que no muestra ningún interés por aprender? Quienes no son profesionales se desesperan, renuncian fácilmente porque las fórmulas que conocen no les funcionan y, al final, sacrifican al niño porque no pudieron entenderlo. Pero el profesional lo convierte en un reto, busca todas las opciones, y si es necesario cambiar todo el funcionamiento de un colegio para salvar a un niño lo hace.

Hay muchos de estos maestros en Colombia. Muchos más de los que se suelen reconocer, porque la mayoría de ellos hacen su labor de manera discreta y persistente a lo largo de años. Pero son menos de los que nuestros niños necesitan, pues en un país como Colombia es ineludible multiplicar el conocimiento y el afecto para intentar salvar algo de un futuro que sigue estando amenazado por la pobreza, la ignorancia, la inequidad y la violencia.

¿Cómo saber quién es el mejor maestro de un país? Ese es un reto que año tras año se plantea el Premio Compartir al Maestro. Lo cierto es que a este premio pueden acceder todos los docentes que inscriban sus experiencias. Pero todavía son muy pocos los que creen que su trabajo vale la pena, o no tienen la suficiente información, o quién sabe qué otras razones hacen que no se inscriban.

Sin embargo, quienes lo han venido haciendo se constituyen en un amplio grupo que marca un paradigma de la profesión. Por este premio han desfilado maestros de todos los rincones del país, que aportan su experiencia con entusiasmo y generosidad. En ellos se puede constatar la seriedad de quien enfrenta problemáticas complejas que requieren de disciplina intelectual como en cualquier otro campo avanzado del saber, pero siempre combinada con la sensibilidad de quien en todo momento lleva entre sus manos algo tan delicado como la vida de otras personas. Porque es ahí donde la profesión de los maestros responde a un tremendo imperativo ético: las familias, los niños, la sociedad, entregan la vida de las nuevas generaciones a quienes tienen la misión y la capacidad de ayudar a madurar todas las facultades y herramientas con las cuales se viaja por la historia que a cada uno le corresponde.

No es fácil saber si los maestros de ahora son mejores que los de hace quince o veinte años. Probablemente hay algunos que se destacan sobre el promedio, que inventan cosas nuevas que a lo mejor ni imaginaban otras generaciones de educadores. También es cierto que muchos vicios ancestrales todavía pesan bastante en una profesión donde la tradición ha sido muy dura e impermeable al cambio, especialmente en las formas de organización escolar. No obstante lo que es indiscutible es la importancia de que los muy buenos maestros se hagan más visibles.

Este ha sido el gran aporte de un premio como el que ha creado Compartir. Hace falta, sin embargo, que los municipios, los departamentos, el país, los medios de comunicación, las universidades hagan su parte, destacando de manera permanente y variada los méritos y aportes de quienes se ocupan de la formación de nuestros niños y jóvenes. El desarrollo de la educación exige la formación de paradigmas sociales fuertes y para ello se requiere persistencia y visibilidad.

Por fortuna hay muchas experiencias, mucho trabajo realizado y, sin duda, también mucho progreso en los últimos años.

Cuando se conocen tantas personas dedicadas a la enseñanza de manera seria, responsable y amorosa es inevitable sentirse profundamente orgulloso de haber seguido este camino a lo largo de la vida.

 

 

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