Martha Fonseca Fonseca
Profesora de literatura
Colegio Helvetia, Bogotá
Después de 25 años de ejercer lo que llamo “la dictadura de clase”, sigo pensando que la literatura sí es una forma de felicidad y que uno sí la puede contagiar.
Intentar una definición de literatura implica correr dos riesgos extremos: defender lo inútil o ser excesivamente presuntuoso. Tal vez, la única verdad acerca de esto la dijo Borges cuando redujo a pocas palabras eso que a algunos nos ha ayudado a soportar el tedio: la literatura es una forma de felicidad.
Todavía más complejo resulta determinar por qué se enseña literatura o por qué uno toma la decisión de hacerlo. En mi caso, debo confesarlo, se debió a dos razones hermanas: por un lado, se trataba de replicar en humilde homenaje lo que un par de profesores habían hecho conmigo: darme oxígeno mientras yo me asfixiaba entre fórmulas químicas, ecuaciones espantosas y aterradores experimentos en laboratorios helados y sombríos. Por otra parte, era la única carrera que me permitiría leer descontroladamente, y no solo teorías y documentos de esos que tienen fecha de caducidad como las latas de atún, sino novelas y poemas.
Hoy, después de 25 años de ejercer lo que llamo “la dictadura de clase”, sigo pensando que la literatura sí es una forma de felicidad y que uno sí la puede contagiar; a veces uno contagia a sus alumnos de esa pasión a gritos que siente por un autor. En realidad, no es que no pueda enseñarse la literatura, sino que por lo general uno cae en recetas facilistas, en escasas técnicas para salir del paso para no comprometerse tanto. Por ejemplo, se enseña una teoría que no sirve de mucho, porque díganme si a un ser mortal, común y silvestre le sirve saber qué es un narrador extradiegético o el verso ditirámbico. Eso lo aprenderán en la facultad quienes decidan estudiar literatura, pero a los demás esos términos los alejarán tanto del libro como a mí me ha impedido saltar de la Torre Colpatria el solo recuerdo de la fórmula para calcular la caída de un cuerpo. Otro peligro es hacer una estéril historia de la literatura. Hace un par de décadas tenía algún sentido, uno al menos se sentía cultísimo porque le habían hecho memorizar los nombres y las obras más reconocidas de centenares de autores de todos los tiempos. En aquel entonces uno estaba listo para ir a concursar a “Cabeza y Cola”; hoy esos daticos no alcanzarían para ir a “Quién quiere ser millonario”. Sería un ejercicio banal e infructuoso. Existiendo internet, los estudiantes tendrían todo el derecho a protestar. Yo creo que el incesante bombardeo de información deriva en una indigestión brutal de datos inservibles a la hora de la verdad. Y la hora de la verdad puede ser sencillamente la hora de procurarse placer.
Ahí está mi gran reto como profesora de literatura, ayudar a cultivar la sensibilidad frente al texto hasta llegar a sentir verdadero placer a través de un ejercicio prodigiosamente simple: leer. Y sí, es prodigioso porque uno va pensando, va armando el texto, pero al mismo tiempo va imaginando, le va poniendo rostro y le va dando voz a cada personaje, y no solo eso, sino que va sintiendo y se va permitiendo la emoción, se da permiso para enfurecerse, para conmoverse, para darle consejos al desdichado y maldecir al traidor.
Como podrá entenderse, mi concepto de la clase de literatura es muy elemental: es un tiempo para hacer una lectura dialógica. Es que no olvidemos que ahora los niños aprenden a leer y enseguida los dejan solos, los abandonan cuando más necesitan de alguien que los ayude a ver más allá. Yo no los dejo solos, leo con ellos en clase, porque entre otras cosas necesito tantear el camino que va tomando de cada uno para saber cómo actuar. De hecho mi primera evaluación consiste en escudriñar la mirada de cada uno; ahí descubro cómo va la clase, ahí sé cuál está aburrido, cuál está próximo al amor platónico. No creo en los controles de lectura, ni los necesito, me parece absurdo obligar a un estudiante a leer en su casa, perfectamente desamparado, y peor aún si el objetivo es interrogarlo para calificar su buena o mala memoria, cuando la realidad les ha dicho en todos los tonos que ya no la necesitan. Lo más justo y lo más provechoso es leer con ellos; habrá quienes aleguen que el año no alcanza para cumplir con el programa o que eso es alcahuetearles la pereza. Han llegado a tildarme de “demagoga”. Pero la única razón por la que lo hago es porque estoy convencida de que los buenos lectores se forman viéndolo a uno leer con pasión, deteniéndose, preguntándole cosas al texto, estableciendo relaciones con otras disciplinas, releyendo los versos o las frases que nos han maravillado. Es que no se trata de leer con taxímetro; un buen lector no se define por el número de páginas que lea ni por la rapidez con que lo haga. Un buen lector es aquel que disfrutó tanto con una obra que ya sabe que la volverá leer porque pocas veces ha sentido un placer tan hondo, tan privado y personal. No hay que asustarse porque el año solo alcance para unas cuatro novelas y unos diez poemas. Si pensamos que esas cuatro novelas actuaron mágicamente sobre la conciencia y la imaginación, si esos diez poemas consiguieron sacar del corazón de nuestros alumnos más verdades que las que ellos consiguen por vías menos ortodoxas, habremos ganado.
Esta apertura de la sensibilidad yo la llamo “abrir ventanas y puertas”. Eso es uno, un mediador que les ayuda a abrir ventanas por las que podrán asomarse a ver el mundo cada vez que se les antoje. Exactamente como uno pone un cuadro en la pared de su casa donde falta aire, donde no hay ventana. Ahí donde al alumno le falta aire porque el mundo que le toca vivir lo exige así, ahí entramos los profesores a abrir la ventana Cervantes, o la ventana Cortázar o en el caso de los arriesgados, la puerta Vallejo o la puerta Pessoa.
Obviamente, esto me remite a uno de los asuntos más delicados de mi labor docente: la escogencia de las obras. Pienso que hay dos condiciones que no conviene dejar de lado: la edad de los estudiantes y el gusto personal del maestro. En cuanto a lo primero, es claro que se lee con mayor placer un texto que le diga a uno cosas que por lo menos se parezcan a lo que está pensando o sintiendo en un determinado momento de su vida. En el caso de un adolescente con mayor razón por tratarse de una etapa de la vida tan llena de dudas y de certezas, de aciertos y tropezones, de libertades y prohibiciones. El programa podrá indicar que debemos estudiar la novela picaresca y a primera vista uno como docente podría considerar que la vida de Lázaro de Tormes no le dice mayor cosa a un alumno bogotano, de clase media alta, que domina varias lenguas y que jamás en su vida ha tenido que mendigar, caso en el cual uno enlaza a Lázaro, aprovecha su críticas veladas a la sociedad y a las instituciones y abre un juego de comparaciones con un personaje más cercano, digamos con Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Cuando el alumno ve que hay ciertas ideas que han figurado en la literatura desde 1554 hasta ahora, se entusiasma y empieza a ver que “lo viejo” no es tan viejo, y pregunta por otras obras y uno, como el alcahueta que es, le sugiere leer a Vargas Llosa porque el Jaguar también hace un aprendizaje de la vida o porque entre Lima y Bogotá hay similitudes…
Pero la experiencia más hermosa se da con la poesía amorosa cuando descubren que entre Garcilaso, Salinas y Gustavo Cerati hay un enorme vínculo y entienden que los seres humanos se han amado desde siempre y echan mano de lo que ya leyeron y le dicen a uno “claro, ahora entiendo por qué Cortázar estaba explicando lo eterno cuando decía lo de la mano de Antonio que buscó lo que busca tu mano y toda esa cosa”. Qué momento tan sublime. El alumno está estableciendo relaciones con una comodidad increíble y sin miedo a equivocarse y, además, está haciendo historia de la literatura sin proponérselo. En fin, solo falta que escriba. Yo no puedo pedirle en ese momento que me hable del endecasílabo o de la rima y la metáfora. Yo debo aprovechar esa emoción para soltarle la responsabilidad de que me explique cómo, a través de qué versos o temáticas encuentra la relación entre la poesía y la canción popular.
Con respecto a la segunda condición en la selección de los textos, sinceramente creo que uno solo puede hablar con cierta solvencia de lo que ama profundamente o de lo que conoce muy bien. Inclusive creo que uno no conoce bien sino lo que ama sin restricciones. Los maestros debemos permitirnos esos lujos, de hecho son los únicos que tenemos al alcance de la mano y son gratuitos, debemos elaborar programas que se ajusten a nuestras propias necesidades vitales. Yo no sé cómo hace la gente que se ciñe a unos tiempos y a unos temas. Para mí es imposible, pues hay grupos que piden más tiempo o que al enamorarse de un autor quieren leer otros textos y ¿cómo va uno a negarles ese placer? Además, hay días en que uno tiene impulsos o necesidades que lo llevan a presentar algo que acaba de conocer o que intuye que va resolver alguna cosa. Si uno ha perdido a un ser querido y lo único que lo consuela es leer la “Elegía” de Miguel Hernández o las “Coplas” de Jorge Manrique, debe hacerlo. Los alumnos lo verán a uno, al fin, como a un ser humano y sabrán que la literatura es para uno un verdadero “bálsamo de Fierabrás”, que no estaba uno posando de intelectual ni nada de eso. Habrá días en que uno les regale unas pocas líneas sobre la amistad escritas por Tahar Ben Jalloun, porque sabe que entre algunos hubo un problema y uno no es exactamente la psicóloga del colegio o la responsable grupo entrometida y fisgona que pretende jugar al comisionado de paz.
Quisiera ahora hacer mención a otro asunto que creo nos compete a los maestros: el amor por la literatura implica un respeto incondicional por el idioma. Yo me declaro de “la vieja guardia” y peleo ferozmente y sin tregua por el buen uso del castellano. En mi clase no se “realizan” lecturas, porque realizar viene de realidad luego significa hacer realidad y uno no “hace realidad una lectura” ni un ejercicio de ortografía; uno lee y uno resuelve o completa un ejercicio. Tampoco se “coloca” en duda o se “colocan” notas, un alumno pone en duda algo y uno califica o pone notas. Y así con otras expresiones y palabras que de tan sofisticadas terminan siendo de un increíble mal gusto. El hecho de corregir estas faltas permanentemente no riñe con la libertad que tienen mis alumnos para escribir y participar en clase.
Debo hacer aquí una precisión. Como profesora de literatura en los últimos grados, he elegido una opción clara en cuanto a la escritura: enfocarla al pensamiento crítico, a la capacidad argumentativa de los estudiantes frente a la obra literaria. Así lo que me interesa es que ellos acudan a la escritura para terminar de entender una obra, para establecer vínculos entre varias de ellas, para explorar facetas que solamente aparecen cuando alguien se enfrenta a la soledad de la escritura y deja que su pensamiento se libere. Obviamente se trata de un ejercicio de argumentación riguroso que yo oriento insistiendo de manera permanente en la estructura, la calidad de las ideas y, por supuesto, el manejo del lenguaje. Esa ha sido mi opción, pues creo que así entrego a mis estudiantes una herramienta con la que podrán potenciar al máximo su pensamiento crítico, ese pensamiento que desearía los acompañe siempre.
Ahora, para aquellos estudiantes que se atreven a crear una vez vieron a través de la ventana la obra literaria y desean salir por la puerta empuñando la sola arma de su palabra para enfrentar la realidad, hago talleres de escritura creativa. Pero no les enseño a crear imitando, aplicando tal o cual receta como quien hornea sin problema un soneto impecable o guisa un excelso cuento fantástico. Nada más peligroso, nada que atente más contra la literatura. Soy radical en eso. Que sepamos manejar el código escrito, que sepamos armar textos, no significa que todos seamos escritores de literatura. Estoy segura de las buenas intenciones de los concursos literarios estudiantiles y del trabajo de los maestros para que sus alumnos escriban cuentos o poemas. Pero no me negarán que detrás de estas prácticas hay una especie de traición a la literatura.
Para mí es un privilegio trabajar en algo tan digno, tan plenamente humano. Enseñar a leer es darle a otro la esencia, es pasarle la llama. Otra vez recurro a Borges y lo parafraseo porque sus palabras me resultan las más honestas y las más reveladoras, uno no puede enseñar toda la literatura, máximo puede enseñar el amor por un autor. Pero eso no es poco, es haber entregado lo mejor, lo único genuino, la pasión que lo mueve a uno, la que lo obliga a “ponerse los húmeros” para madrugar a hacerle frente a la vida con 20 o más adolescentes.